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domingo, 17 de mayo de 2015

A Propósito de un cuadro


En una sala de la Alte Nationalgalerie de Berlin se encuentra colgado este cuadro de Max Lieberman (1847-1935), un pintor impresionista alemán cuyo conocimiento tardío me ha provocado una honda emoción. El “Depósito de Lino en Laren”, también conocido como “Las hilanderas de Laren” (1887) es una de las obras realistas que este pintor dedicó a los trabajadores y campesinos, a los asilados y huérfanos,  con la esperanza de que ayudaran a impulsar cambios sociales y que le valieron los calificativos de “discípulo de los feo” o “pintor de la inmundicia”.



Nada más lejos de la realidad. La belleza de este cuadro que representa a mujeres holandesas de pie, hilando lino en un almacén, es de embeleso. Alineadas frente a las ruecas con la fibra entre las manos intentan mantener la tensión del hilo, cuidando de no romperlo, con un gesto que transmite a la perfección la concentración en la tarea. Ante las ruecas bajo las ventanas, una fila de niños encorvados, algunos tan pequeños que no les llegan los pies al suelo, enrollan el lino en las bobinas  y accionan las ruedas con la misma atención que las mujeres jóvenes dedicadas a otras actividades auxiliares. La escena, a pesar de la luz, no transmite alegría. Al contrario todos los personajes parecen entregados resignadamente a su destino.
Cuando Lieberman pintó este cuadro ya existía la hiladora de usos múltiples o spinning Jenny (1764) que permitía a un solo hombre controlar varias bobinas, y  la hiladora continua o water-frame de Richard Arkwright (1769) que hacía fibras más resistentes y que era impulsada por la corriente de agua o por una máquina de vapor en vez de manualmente. Incluso se había inventado ya  “la mula” (Cropton, 1779) una mezcla de las dos anteriores que además torcía el hilo. Pero en el almacén de Laren, en Holanda se seguía trabajando como antes de la época preindustrial, lo que incluía la utilización de niños.

La bobina era para nosotros los niños una terrible tortura. Cuando nos sentábamos hora tras hora en el taburete junto a la rueda, en un trabajo horriblemente monótono y agotador, sólo bobinas, bobinas, bobinas. El dolor de espalda, el brazo derecho que tenía que girar la rueda, amenazado con debilitarse, los dedos de la mano izquierda ensangrentados y desgarrados por las aristas de los hilos que tenían que ser pasados a la bobina para su distribución uniforme.
Y en el frío en los días duros de invierno, los terribles agarrotamiento de manos y los pies, ya que el inmenso taller solo era calentado por una pequeña estufa de hierro que a menudo era insuficiente porque se carecía de la madera y el carbón”
" (L. Zietz zit.n. M. puntos: los niños de la clase trabajadora en el Weinheim, 1981 )

La mecanización de los procesos de cardado, hilado y tejido revolucionó la industria textil  aumentó la producción de lino y algodón y generó riqueza, pero ni los salarios ni las condiciones sociales de los trabajadores mejoró, ni tampoco acabó con el trabajo infantil aunque fue prohibido por ley en muchos países. Hablamos de la Europa de los siglos XVVIII y XIX, pero en otros muchos países de otros continentes, situaciones similares continúan produciéndose.   

    Mientras miraba de nuevo este cuadro tan bello, me llegaba un enlace que os adjunto porque a pesar de ser un mensaje publicitario de esos que tratan de vender más aireando sus buenas acciones, refleja que hoy es todavía ayer en muchos lugares. Qiyi.